domingo 24 de enero de 2010

¿Qué hacer con la soledad?

La soledad es un estado humano natual al hombre, también es el lugar donde me siento a salvo, en paz. Nunca antes había podido hablar de ella como una compañera. Pasé muchos años de mi vida lamentandola, huyéndole, dejándome atrapar por ella sin razón. Ahora entiendo que la soledad es la compañía que nunca se va. A veces cuando me pongo a filosofar en voz alta con mi hermana, ambas coincidimos en que nuestra crianza nos determino a tomar distancia de las personas, guardar nuestro tiempo y espacio como algo preciado. Salvarnos del mundo de esta manera. Eso es difícil de entender para quienes nos rodean, más en una sociedad como la nuestra. En principio porque el perfil de la mujer tradicional mexicana es la dependencia, el apego y el desarrollo de la familia a partir de ella. Una gran responsabilidad esta última, una misión deseable y bella. Sin embargo, hay muchas pautas de comportamiento que se supone uno debiera tener. Normas determinantes y limitadoras de la libertad.
Seguramente a muchos hombres les sucede igual. Ambos, hombres y mujeres debemos seguir pautas de comportamiento, mantenernos a raya en los límites que nos imponen los otros. Todo esto no es más que la razón por la cual aunque a veces dolorosa, la soledad es una bendición sin igual. Es el único lugar en el que, en una sociedad capitalista consumista, se puede ser uno mismo sin importar lo que digan los demás.

sábado 16 de enero de 2010

He abandonado el miedo a ser yo misma a media carretera, y no voy a virar nunca más.
Lo más bello del mundo es irremediablemente impronunciable. Y he aquí mis miserables palabras, jugando a decir algo que no dicen, como una cascada de eufemismos. Ante la imposibilidad de describir la belleza de tu existencia y de la mía.
Ya sólo puedo mirar la divinidad que te habita y contemplarme en el espejo de tus ojos.

En el silencio

Mientras espero clientes en la juguetería, juego con el silencio. Lo escucho en la inercia de los objetos y los observo detalladamente como queriendo encontrar la luz de Dios en ellos. Ve sus colores de vida, su materia inerte y su capacidad de brillo. La inexistencia del color, la imparcialidad de su objetividad y su indiferencia coqueta. Y me pregunto ¿qué dirían si hablaran? Si me hablaran, si se atrevieran a pronunciar mi nombre en sílabas o si tuviesen manos para escribirlo en el aire. El silencio me encuentra en cada juguete que miro, porque el silencio me sabe suya y me regala esos momentos cósmicos de la nada, del vacío de mí misma. Un vacío eterno que ahora se vuelca en palabra. Y su nombre atraviesa el silencio como un puente que contempla el río que atraviesa. Como una sombra que se escapa de su dueño. Como un latido en cada uno de los objetos. Y su nombre resuena cuando oprimo el botón en la oreja del caballito, y al sonar su R yo termino el nombre, con el silencio de mis ojos mirando a través de la ventana justo cuando él cruza la calle.

jueves 14 de enero de 2010