La soledad es un estado humano natual al hombre, también es el lugar donde me siento a salvo, en paz. Nunca antes había podido hablar de ella como una compañera. Pasé muchos años de mi vida lamentandola, huyéndole, dejándome atrapar por ella sin razón. Ahora entiendo que la soledad es la compañía que nunca se va. A veces cuando me pongo a filosofar en voz alta con mi hermana, ambas coincidimos en que nuestra crianza nos determino a tomar distancia de las personas, guardar nuestro tiempo y espacio como algo preciado. Salvarnos del mundo de esta manera. Eso es difícil de entender para quienes nos rodean, más en una sociedad como la nuestra. En principio porque el perfil de la mujer tradicional mexicana es la dependencia, el apego y el desarrollo de la familia a partir de ella. Una gran responsabilidad esta última, una misión deseable y bella. Sin embargo, hay muchas pautas de comportamiento que se supone uno debiera tener. Normas determinantes y limitadoras de la libertad.
Seguramente a muchos hombres les sucede igual. Ambos, hombres y mujeres debemos seguir pautas de comportamiento, mantenernos a raya en los límites que nos imponen los otros. Todo esto no es más que la razón por la cual aunque a veces dolorosa, la soledad es una bendición sin igual. Es el único lugar en el que, en una sociedad capitalista consumista, se puede ser uno mismo sin importar lo que digan los demás.